Cada vez soy más consciente que no soy el dueño de mi
destino, de mi futuro. Al fin y al cabo, tan solo soy un número en una lista,
ligado a otros números que limitan mis posibilidades de poder dedicarme a
aquello que me haría feliz.
Desde que somos unos niños se nos inculca la idea
de que somos libres. ¡Qué descaro! Eso es lo que quieren que creamos, que
nuestro futuro solo depende de nuestros actos. La libertad quedó olvidada en la
Edad de Piedra. Seguramente, esté enterrada junto a algún utensilio de sílex,
entre unos huesos podridos, en algún lugar remoto de una de nuestras grandes y
monstruosas urbes, debajo de varias capas de asfalto. Y el progreso irá añadiendo más y más capas de cemento y asfalto, hasta
que no sepamos lo que es la tierra.
Creo que se hace visible mi enfado con todo esto que me rodea. Ni tan siquiera me
atrevo a poner nombre al medio en el que se me ha obligado a vivir. Habito en
un mundo que cada vez me crea más repulsión, que cada día miro con más
desprecio. El individuo ha dejado de
existir; comunidad es una palabra sin
significado. Cuanta más gente conozco me doy cuenta que hay menos personas. En
realidad, hay muy pocas personas. Nos hemos acostumbrado a ser números en unas
listas, a ser entes individuales que sólo necesitan cifras impresas en cobre o
papel para ser felices.
Siempre he pensado que soy una persona que necesita poco
para ser feliz y afortunadamente lo soy. Puedo desear ciertos bienes
materiales, no voy a pretender ser una persona superior a las demás que camina
por encima –o por debajo -, del estilo de vida actual; pero deseo no significa
necesidad. Son conceptos que nos han obligado a olvidar y otros que hemos
aprehendido de forma demasiado literal.
Ahora que somos libres
tenemos más dependencia de las estructuras que hemos creado para ser felices.
Por lo que no somos ni libres, ni felices. Creo que hay que comenzar a cambiar
ciertas limitaciones que nos hemos impuesto, ¿no? Quizá el fallo resida no en
las viles criaturas que han creado este sistema,
si no en que la gente ha errado al seguir el camino que se nos ha impuesto
porque nos creemos dependientes de las limitaciones que se nos han enseñado. Todos somos culpables de la construcción de esta senda de único sentido, caminando en fila india hacia un destino que sabemos que no nos termina de convencer, pero que aceptamos con una media sonrisa dibujada en nuestro rostro. Sabemos que no es lo correcto, sabemos que no es lo que queremos del todo, que no es lo mejor; pero somos demasiado cómodos para buscar otro camino.
Nuestro pecado es seguir la senda que nos ata con limitaciones.