martes, 23 de octubre de 2012

Sombras y cadáveres

Y ahora vuelves para recordarme el hombre que fui, mis ganas de vivir. Te fuiste sin dar las gracias, sin decir una palabra de consuelo. Seguiste tu vida, alejada de la mía pero no todo lo que yo hubiese querido. Eras la línea del horizonte, las estrellas durante el día. La sombra de cada cuerpo. Simplemente seguías ahí. 
Volví la espalda al mundo que había creado y cambié la armadura de cuero por la de placas. Preparado para cualquier batalla, dispuesto a perder mis letras, mi guitarra, mis notas y a cortarme la coleta si perdía el lance. Rodeado de cadáveres -muchos de ellos vomitados de mis entrañas, otros los tuve que dejar atrás por pensar demasiado con la cabeza- seguí la senda construida con mis propias manos, uñas y recuerdos. Si te paras a ver el camino recorrido antes del momento de tu muerte, puedes caer en la trampa de vivir en tiempos pretéritos y esa es una maldición que se ha de sortear con gracia, soltura y una buena finta.
Cambié las embestidas de sábanas y alcoba por las del destino y les propiné un par de ganchos de izquierda. Después de construirme un presente y pensar detenidamente en el futuro, me encontré perdido en mis desvaríos y precipitadas conclusiones. He tenido que volver la mirada. He visto cosas dolorosas y heridas sangrantes. Soy más fuerte, camino solo y ya no eres nada, solo un recuerdo. Como tal, seguirás siendo parte de  mi, pero eres corpórea, yo me enamoré de un fantasma.

Sigues ahí. Seguirás ahí. Pero no podemos vivir juntos en el pasado. Ya no eres lo que conocí, aquello que me hizo perder la cabeza. Aquello son sombras, tú eres de carne y hueso; y ellas siguen mis pasos, junto a una gran procesión de cadáveres.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Fuego

El momento de dormir, otrora sinónimo de paz y descanso, se había convertido en una tortura para el pobre muchacho. Sombras tenebrosas le acechaban para oscurecer sus sueños. Sombras que le desgarraban el alma y le hacían perder la cordura. Pero había algo más desalentador en la historia del muchacho: aquello que no le dejaba dormir, no era más que las sombras de su memoria.

Una sola chispa puede hacer arder a todo un bosque.

El chico se levantaba todas las mañanas con la cabeza embotada, daba igual las horas que lograse conciliar el sueño. Una terrible jaqueca le acompañaba con la luz de la mañana.
Mientras las frías y reparadoras gotas de agua acariciaban su rostro, se miraba al espejo. Como el horrible retrato de Dorian Gray, el reflejo de su cara le era cada vez más desconocido. Una cara delgada, marcada por la sombra de una barba incipiente que le dibujaba líneas cruentas en su rostro. Unos ojos negros y acerados, llenos de furia y miedo, le devolvían la mirada.

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Solo siento odio y furia. Una llama arde dentro, quema tanto que ya no siento nada. No hay dolor, no hay emoción. De las llamas nace el frío vacío, una nada abrasadora y oscura. Ojalá el infierno fuese algo físico, la triste realidad es que ese infierno está dentro de uno mismo. Esa es la horrible realidad.

miércoles, 3 de octubre de 2012

¿Esperanza? Quizás.



Una noche igual a las otras e igualmente diferente. ¿Por qué tengo esta insana tendencia a ensalzar los sentimientos, las sensaciones? Siento demasiado, esa es mi maldición. Puedo intentar fingir con mejor o peor soltura que corro por encima de lo que me rodea sin mirar hacia atrás. Nada más lejos de la realidad. Maldición o bendición: no sabría deciros. Mi vuelo se bate entre dos tierras muy distantes, cada vez más lejanas. Hay un frío vacío que lo envuelve todo, a la vez que me quema con su calor. Indiferencia o amor, a todos los niveles.
 
En ciertas ocasiones una egoísta idea se ha paseado frente a mis ojos perdidos en un imaginario horizonte: la certeza de que haga lo que haga no encajo del todo en nada ni en nadie. Soy un extranjero en una tierra sin nombre; un extraño en tierra de los demás. ¿Qué soy? ¿Qué pretendo ser? Todo se me escapa de entre los dedos cuando creo que estoy apunto de atraparlo. Estoy estancado en una ciénaga. Unas arenas movedizas que me tragan lenta e inexorablemente. Si me intento mover caigo un poco más hondo. 

Si fuese creyente me mentiría diciendo que estoy esperando a una fuerza superior que me ayude, pero sé que estoy solo. ¿Rendirme? No es una opción. Solo me queda aferrarme a aquello que esté más cerca de mis manos. A pesar de tener los brazos cansados y la mente embotada, aún queda algo de fuerza. Siempre la hay. Siempre hay un motivo para cantar a la esperanza.