Una vez más vuelvo a mirar la libreta azul que tú me ayudaste a escribir. En la portada tiene un símbolo muy especial para mi, un símbolo que lo significa todo: el mercurio. Alma, cuerpo y espíritu. Conciencia.
Te convertí en música, en poesía. Arte no nato, clandestino, inédito.
Basilio Howard no quería exponer al público el retrato de su buen amigo Dorian porque decía que había puesto demasiado de él mismo en el cuadro. Así me siento más o menos con respecto a mi "obra". Efectivamente, dice mucho de mí. Pero ahora suena falso, como una vida robada de otro. Recuerdos tan lejanos, tan efímeros, tan nublados y a la vez tan vívidos, como un sueño lúcido.
Fuiste el sol de verano. Paz y calor. Luego me quemaste y aún llevo tus marcas. Por eso decidí hundirme en el mar. Azul, frío, solitario y en constante movimiento. Me convertí en mar.
Arcadia Libre
lunes, 5 de noviembre de 2012
martes, 23 de octubre de 2012
Sombras y cadáveres
Y ahora vuelves para recordarme el hombre que fui, mis ganas de vivir. Te fuiste sin dar las gracias, sin decir una palabra de consuelo. Seguiste tu vida, alejada de la mía pero no todo lo que yo hubiese querido. Eras la línea del horizonte, las estrellas durante el día. La sombra de cada cuerpo. Simplemente seguías ahí.
Volví la espalda al mundo que había creado y cambié la armadura de cuero por la de placas. Preparado para cualquier batalla, dispuesto a perder mis letras, mi guitarra, mis notas y a cortarme la coleta si perdía el lance. Rodeado de cadáveres -muchos de ellos vomitados de mis entrañas, otros los tuve que dejar atrás por pensar demasiado con la cabeza- seguí la senda construida con mis propias manos, uñas y recuerdos. Si te paras a ver el camino recorrido antes del momento de tu muerte, puedes caer en la trampa de vivir en tiempos pretéritos y esa es una maldición que se ha de sortear con gracia, soltura y una buena finta.
Cambié las embestidas de sábanas y alcoba por las del destino y les propiné un par de ganchos de izquierda. Después de construirme un presente y pensar detenidamente en el futuro, me encontré perdido en mis desvaríos y precipitadas conclusiones. He tenido que volver la mirada. He visto cosas dolorosas y heridas sangrantes. Soy más fuerte, camino solo y ya no eres nada, solo un recuerdo. Como tal, seguirás siendo parte de mi, pero eres corpórea, yo me enamoré de un fantasma.
Sigues ahí. Seguirás ahí. Pero no podemos vivir juntos en el pasado. Ya no eres lo que conocí, aquello que me hizo perder la cabeza. Aquello son sombras, tú eres de carne y hueso; y ellas siguen mis pasos, junto a una gran procesión de cadáveres.
Volví la espalda al mundo que había creado y cambié la armadura de cuero por la de placas. Preparado para cualquier batalla, dispuesto a perder mis letras, mi guitarra, mis notas y a cortarme la coleta si perdía el lance. Rodeado de cadáveres -muchos de ellos vomitados de mis entrañas, otros los tuve que dejar atrás por pensar demasiado con la cabeza- seguí la senda construida con mis propias manos, uñas y recuerdos. Si te paras a ver el camino recorrido antes del momento de tu muerte, puedes caer en la trampa de vivir en tiempos pretéritos y esa es una maldición que se ha de sortear con gracia, soltura y una buena finta.
Cambié las embestidas de sábanas y alcoba por las del destino y les propiné un par de ganchos de izquierda. Después de construirme un presente y pensar detenidamente en el futuro, me encontré perdido en mis desvaríos y precipitadas conclusiones. He tenido que volver la mirada. He visto cosas dolorosas y heridas sangrantes. Soy más fuerte, camino solo y ya no eres nada, solo un recuerdo. Como tal, seguirás siendo parte de mi, pero eres corpórea, yo me enamoré de un fantasma.
Sigues ahí. Seguirás ahí. Pero no podemos vivir juntos en el pasado. Ya no eres lo que conocí, aquello que me hizo perder la cabeza. Aquello son sombras, tú eres de carne y hueso; y ellas siguen mis pasos, junto a una gran procesión de cadáveres.
miércoles, 10 de octubre de 2012
Fuego
El momento de dormir, otrora sinónimo de paz y descanso, se había convertido en una tortura para el pobre muchacho. Sombras tenebrosas le acechaban para oscurecer sus sueños. Sombras que le desgarraban el alma y le hacían perder la cordura. Pero había algo más desalentador en la historia del muchacho: aquello que no le dejaba dormir, no era más que las sombras de su memoria.
Una sola chispa puede hacer arder a todo un bosque.
El chico se levantaba todas las mañanas con la cabeza embotada, daba igual las horas que lograse conciliar el sueño. Una terrible jaqueca le acompañaba con la luz de la mañana.
Mientras las frías y reparadoras gotas de agua acariciaban su rostro, se miraba al espejo. Como el horrible retrato de Dorian Gray, el reflejo de su cara le era cada vez más desconocido. Una cara delgada, marcada por la sombra de una barba incipiente que le dibujaba líneas cruentas en su rostro. Unos ojos negros y acerados, llenos de furia y miedo, le devolvían la mirada.
Una sola chispa puede hacer arder a todo un bosque.
El chico se levantaba todas las mañanas con la cabeza embotada, daba igual las horas que lograse conciliar el sueño. Una terrible jaqueca le acompañaba con la luz de la mañana.
Mientras las frías y reparadoras gotas de agua acariciaban su rostro, se miraba al espejo. Como el horrible retrato de Dorian Gray, el reflejo de su cara le era cada vez más desconocido. Una cara delgada, marcada por la sombra de una barba incipiente que le dibujaba líneas cruentas en su rostro. Unos ojos negros y acerados, llenos de furia y miedo, le devolvían la mirada.
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Solo siento odio y furia. Una llama arde dentro, quema tanto que ya no siento nada. No hay dolor, no hay emoción. De las llamas nace el frío vacío, una nada abrasadora y oscura. Ojalá el infierno fuese algo físico, la triste realidad es que ese infierno está dentro de uno mismo. Esa es la horrible realidad.
miércoles, 3 de octubre de 2012
¿Esperanza? Quizás.
Una noche igual a las otras e igualmente diferente. ¿Por qué
tengo esta insana tendencia a ensalzar los sentimientos, las sensaciones?
Siento demasiado, esa es mi maldición. Puedo intentar fingir con mejor o peor
soltura que corro por encima de lo que me rodea sin mirar hacia atrás. Nada más
lejos de la realidad. Maldición o bendición: no sabría deciros. Mi vuelo se
bate entre dos tierras muy distantes, cada vez más lejanas. Hay un frío vacío
que lo envuelve todo, a la vez que me quema con su calor. Indiferencia o amor,
a todos los niveles.
En ciertas ocasiones una egoísta idea se ha paseado frente a mis ojos perdidos
en un imaginario horizonte: la certeza de que haga lo que haga no encajo del
todo en nada ni en nadie. Soy un extranjero en una tierra sin nombre; un extraño en
tierra de los demás. ¿Qué soy? ¿Qué pretendo ser? Todo se me escapa de entre los
dedos cuando creo que estoy apunto de atraparlo. Estoy estancado en una
ciénaga. Unas arenas movedizas que me tragan lenta e inexorablemente. Si me
intento mover caigo un poco más hondo.
Si fuese creyente me mentiría diciendo
que estoy esperando a una fuerza superior que me ayude, pero sé que estoy solo.
¿Rendirme? No es una opción. Solo me queda aferrarme a aquello que esté más
cerca de mis manos. A pesar de tener los brazos cansados y la mente embotada,
aún queda algo de fuerza. Siempre la hay. Siempre hay un motivo para cantar a
la esperanza.
martes, 18 de septiembre de 2012
La senda de la limitación
Cada vez soy más consciente que no soy el dueño de mi
destino, de mi futuro. Al fin y al cabo, tan solo soy un número en una lista,
ligado a otros números que limitan mis posibilidades de poder dedicarme a
aquello que me haría feliz.
Desde que somos unos niños se nos inculca la idea
de que somos libres. ¡Qué descaro! Eso es lo que quieren que creamos, que
nuestro futuro solo depende de nuestros actos. La libertad quedó olvidada en la
Edad de Piedra. Seguramente, esté enterrada junto a algún utensilio de sílex,
entre unos huesos podridos, en algún lugar remoto de una de nuestras grandes y
monstruosas urbes, debajo de varias capas de asfalto. Y el progreso irá añadiendo más y más capas de cemento y asfalto, hasta
que no sepamos lo que es la tierra.
Creo que se hace visible mi enfado con todo esto que me rodea. Ni tan siquiera me
atrevo a poner nombre al medio en el que se me ha obligado a vivir. Habito en
un mundo que cada vez me crea más repulsión, que cada día miro con más
desprecio. El individuo ha dejado de
existir; comunidad es una palabra sin
significado. Cuanta más gente conozco me doy cuenta que hay menos personas. En
realidad, hay muy pocas personas. Nos hemos acostumbrado a ser números en unas
listas, a ser entes individuales que sólo necesitan cifras impresas en cobre o
papel para ser felices.
Siempre he pensado que soy una persona que necesita poco
para ser feliz y afortunadamente lo soy. Puedo desear ciertos bienes
materiales, no voy a pretender ser una persona superior a las demás que camina
por encima –o por debajo -, del estilo de vida actual; pero deseo no significa
necesidad. Son conceptos que nos han obligado a olvidar y otros que hemos
aprehendido de forma demasiado literal.
Ahora que somos libres
tenemos más dependencia de las estructuras que hemos creado para ser felices.
Por lo que no somos ni libres, ni felices. Creo que hay que comenzar a cambiar
ciertas limitaciones que nos hemos impuesto, ¿no? Quizá el fallo resida no en
las viles criaturas que han creado este sistema,
si no en que la gente ha errado al seguir el camino que se nos ha impuesto
porque nos creemos dependientes de las limitaciones que se nos han enseñado. Todos somos culpables de la construcción de esta senda de único sentido, caminando en fila india hacia un destino que sabemos que no nos termina de convencer, pero que aceptamos con una media sonrisa dibujada en nuestro rostro. Sabemos que no es lo correcto, sabemos que no es lo que queremos del todo, que no es lo mejor; pero somos demasiado cómodos para buscar otro camino.
Nuestro pecado es seguir la senda que nos ata con limitaciones.
lunes, 10 de octubre de 2011
¿Querrán las glándulas lascivas declararme culpable?
El veneno de tus labios es la alquimia de mi locura.
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