Una noche igual a las otras e igualmente diferente. ¿Por qué
tengo esta insana tendencia a ensalzar los sentimientos, las sensaciones?
Siento demasiado, esa es mi maldición. Puedo intentar fingir con mejor o peor
soltura que corro por encima de lo que me rodea sin mirar hacia atrás. Nada más
lejos de la realidad. Maldición o bendición: no sabría deciros. Mi vuelo se
bate entre dos tierras muy distantes, cada vez más lejanas. Hay un frío vacío
que lo envuelve todo, a la vez que me quema con su calor. Indiferencia o amor,
a todos los niveles.
En ciertas ocasiones una egoísta idea se ha paseado frente a mis ojos perdidos
en un imaginario horizonte: la certeza de que haga lo que haga no encajo del
todo en nada ni en nadie. Soy un extranjero en una tierra sin nombre; un extraño en
tierra de los demás. ¿Qué soy? ¿Qué pretendo ser? Todo se me escapa de entre los
dedos cuando creo que estoy apunto de atraparlo. Estoy estancado en una
ciénaga. Unas arenas movedizas que me tragan lenta e inexorablemente. Si me
intento mover caigo un poco más hondo.
Si fuese creyente me mentiría diciendo
que estoy esperando a una fuerza superior que me ayude, pero sé que estoy solo.
¿Rendirme? No es una opción. Solo me queda aferrarme a aquello que esté más
cerca de mis manos. A pesar de tener los brazos cansados y la mente embotada,
aún queda algo de fuerza. Siempre la hay. Siempre hay un motivo para cantar a
la esperanza.
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